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	<title>relato | Lo que la India me enseñó</title>
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		<title>Kizomba</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida Mateos]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Nov 2020 18:00:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Zona de medios]]></category>
		<category><![CDATA[baile]]></category>
		<category><![CDATA[kizomba]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sentada en la terraza, observo la puesta de sol sobre el mar. Mientras tanto, el profesor de kizomba habla con mis compañeros. Hemos quedado para tomarnos unas cañas de despedida. No nos vemos desde que se cancelaron las clases, primero durante quince días, y luego quince más. Y, ahora, definitivamente. Y aquí estamos, con la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Sentada en la terraza, observo la puesta de sol sobre el mar. Mientras tanto, el profesor de kizomba habla con mis compañeros. Hemos quedado para tomarnos unas cañas de despedida. No nos vemos desde que se cancelaron las clases, primero durante quince días, y luego quince más. Y, ahora, definitivamente. Y aquí estamos, con la mascarilla puesta y la máxima distancia entre nosotros.</p>
<p>Nos podemos juntar, pero no lo suficiente como para bailar pegados; y bailar de lejos no es bailar. Ya no puedo dejar caer la mano izquierda suavemente sobre el cuello del profe mientras nos enseña los pasos. Ni sujetar la suya con mi otra mano. Ni sentir su brazo rodeando mi espalda para guiarme. Hace tanto tiempo que nadie me toca así que me estremezco.</p>
<p>Me retiro la mascarilla, le doy un sorbo a la cerveza y me la vuelvo a poner. ¿Quién me iba a decir que echaría tanto de menos el baile?</p>
<p>Entretanto, mis compañeros hacen planes. Planes de cuándo retomar las clases y cuándo salir a bailar por las noches como hacíamos antes. Planes que, por ahora, no tienen mucho sentido. Somos como el agua y el aceite; podemos compartir el espacio, pero no entremezclarnos.</p>
<p>Se hace tarde y mañana madrugo, así que me levanto y empiezo a despedirme de todos. Hasta que nos volvamos a ver.</p>
<p>—Si retomas las clases, avísame, ¿vale, Enrique?</p>
<p>—Por supuesto, pero por ahora habrá que ver qué pasa.</p>
<p>Vaguedades. Es normal. Si la vida antes era incierta, ahora… Ahora es igual de imprevisible que antes, pero nos damos más cuenta.</p>
<p>—Sí, claro, pero no te olvides de que me debes un baile.</p>
<p>Le dedico una sonrisa que pretende ser seductora, pero no se ve detrás de la mascarilla. Y no me atrevo a guiñarle un ojo; demasiado descarado. Así que, sin más, me voy.</p>
<p>No nos damos ni dos besos. Y me alejo, imaginando un baile privado con él; una deuda que probablemente se quede sin pagar.</p>
<hr />
<p>Este relato lo escribí para el concurso «De la traducción a la creación» de <a href="https://afie.es/concurso-literario-de-la-traduccion-a-la-creacion/">Palabras+ y la AFIE</a> (Asociación de Funcionarios Internacionales Españoles) de 2020. El tema era «Juntos, pero no revueltos».</p>
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		<title>A por patatas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida Mateos]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Oct 2020 15:31:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Zona de medios]]></category>
		<category><![CDATA[patatas]]></category>
		<category><![CDATA[pueblo]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
		<category><![CDATA[rural]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A mis diez años, sentada en la escañeta, con las piernas bajo las faldillas de la camilla, esperaba a que se enfriara la leche del desayuno. Me embaía comiendo una rosquilla de aceite de las que mi abuela había preparado el día anterior. —Tómate la leche ya. Eres de miedo. —Es que quema. Y tiene [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>A mis diez años, sentada en la escañeta, con las piernas bajo las faldillas de la camilla, esperaba a que se enfriara la leche del desayuno. Me embaía comiendo una rosquilla de aceite de las que mi abuela había preparado el día anterior.</p>
<p>—Tómate la leche ya. Eres de miedo.</p>
<p>—Es que quema. Y tiene nata.</p>
<p>—Pero si la he colado.</p>
<p>—Le ha vuelto a salir.</p>
<p>Inconvenientes de que esa leche se hubiera ordeñado y cocido esa misma mañana. Mi abuela la volvió a colar. Y me la tomé, al fin.</p>
<p>Mi abuelo también había terminado ya de desayunar, aunque él se había comido dos huevos fritos y un poco de tocino con pan. Necesitaba la energía para la tarea que tenía por delante: recoger las patatas del huerto.</p>
<p>—¿Puedo ir contigo, abuelo?</p>
<p>—A ver si luego te cansas.</p>
<p>—¡No! Y, si me canso, ya sé el camino de vuelta a casa.</p>
<p>—Coge la rodilla y limpia el hule —interrumpió mi abuela—. Luego te vas con él.</p>
<p>Fuimos andando hasta el huerto. Allí, mi abuelo cogió un zacho del cabañal y nos pusimos manos a la obra.</p>
<p>Hacíamos buen equipo, la verdad. Él retiraba la tierra con el zacho y yo sacaba las patatas de entre los terruños y las metía en dos cubos: las grandes, en uno y las pequeñas, en el otro. A veces mi abuelo cortaba alguna patata sin querer y despotricaba como solo él sabía: cagándose en lo que hiciera falta y en las putas patatas, como si tuvieran ellas la culpa de haber nacido justo en ese trocito de tierra.</p>
<p>Aunque ya era septiembre, el sol calentaba y, después de un par de horas, cansada, mi abuelo me dijo que me sentara un rato a la sombra. Había una peña con una encina al lado desde la que observar cómo él terminaba el trabajo o a las hormigas que por allí se paseaban alegremente.</p>
<p>Unos minutos antes de las dos del mediodía ya teníamos los sacos de patatas en el carro, al cual unció los burros, Nazario y Pillaliebres, que tirarían de él. Mi abuelo me subió encima de los sacos (¡qué ilusión me hacía ir ahí arriba!) y volvimos a casa. Abuela ya tenía la comida hecha, y yo estaba muerta de hambre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<p>Este relato participa en el <a href="https://foro.zendalibros.com/forums/topic/concurso-de-historias-rurales/">concurso de relatos #historiasrurales</a> de Zenda e Iberdrola.</p>
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		<title>Parchís a distancia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Aida Mateos]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 May 2020 18:24:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Zona de medios]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[confinamiento]]></category>
		<category><![CDATA[parchís]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
		<category><![CDATA[Zenda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todo empezó cuando mi abuela me preguntó qué hacía tanto rato con el móvil y de qué me reía. —Estoy jugando al parchís con mis amigas —le dije. —¿Con el teléfono? —Se quedó callada un momento—. Oye, y ¿yo podría jugar con mis amigas también? Antes salían a pasear todas las tardes mi abuela Antonia, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Todo empezó cuando mi abuela me preguntó qué hacía tanto rato con el móvil y de qué me reía.</p>
<p>—Estoy jugando al parchís con mis amigas —le dije.</p>
<p>—¿Con el teléfono? —Se quedó callada un momento—. Oye, y ¿yo podría jugar con mis amigas también?</p>
<p>Antes salían a pasear todas las tardes mi abuela Antonia, su amiga Mariana y la prima de esta, Isabel. Hacía solo un par de años que se habían «jubilado». Ninguna había cotizado, a pesar de haberse pasado la vida limpiando casas de señoritos. Habían coincidido como parte del «servicio» en un gran chalé a las afueras de Madrid, pero, después de unos tres años allí, al parecer el dueño tenía problemas con la justicia y las había echado a las tres. Al poco salió en las noticias que estaba en juicios por corrupción. Cuando se lo enseñé a mi abuela, no quiso decir nada. «Nosotras allí, oír, ver y callar». Lo bueno es que habían decidido que ya estaba bien de servir a otros y que ahora se iban a cuidar ellas.</p>
<p>Y, desde entonces, Antonia, Mariana e Isabel se levantaban, más o menos temprano, hacían las tareas de la casa, como toda la vida, y por la tarde se iban de paseo. En invierno salían tempranito, sobre las cuatro, para aprovechar el sol. Y según se acercaba la primavera iban modificando su horario. En verano, salían a las siete o las ocho de la tarde. Lo malo de estar en la ciudad es que no podían sacarse una silla al fresco después de cenar, como se había hecho toda la vida en el pueblo.</p>
<p>Mi abuela Antonia no sabe mucho de tecnología, porque le pilló ya mayor, pero se ha ido adaptando a los tiempos. Cuando empezó el confinamiento me pidió que le instalara «el “guasa” ese»; Mariana le había dicho que podían mandarse mensajes hablando, que lo hacía con su nieto. Habían adoptado muy rápido esa nueva modalidad de comunicación. Demasiado, para mi gusto. Algunos días no se escuchaba otra cosa en mi casa.</p>
<p>—Podemos intentarlo —le respondí tras unos segundos. Estaba pensando en las dificultades de llevarlo adelante. Mi abuela veía poco. Quizás pudiera hacerlo con mi <em>tablet</em>, que tiene la pantalla más grande. Además, tendría que cerciorarme de que sus amigas también tuvieran acceso a esta tecnología.</p>
<p>Y, como os decía, ahí empezó todo. Tardé un par de días en organizarlo, porque, aunque Isabel ya tenía un móvil con una buena pantalla y no le supondría problema jugar con él, Mariana no. Ella también necesitaría un aparato más grande, pero vivía sola y no podía permitirse comprar «otro chisme». Tuve que llamar a algunos de mis amigos hasta que di con uno que me prestaría, al menos durante unas semanas, una <em>tablet</em> que apenas utilizaba.</p>
<p>El siguiente problema era conseguir echarle mano yo a ese aparato. Por suerte, mi amigo vivía cerca, así que un día que iba a la compra pasó por delante de mi portal. Yo le abrí con el telefonillo. Entró. Dejó la <em>tablet</em> encima de los buzones y se fue. Yo bajé, la cogí, en casa retiré la bolsa con cuidado, la tiré y me lavé las manos con jabón durante un minuto.</p>
<p>Instalé la aplicación del parchís. Al día siguiente le llevé la <em>tablet</em> a Mariana junto con otras provisiones. Aunque se apañaba sola, una vecina le hacía la compra para que no tuviera que salir. Esta vez lo haría yo, para así poder llevarle alimento para el cuerpo y para el alma. Le dejé las cosas abajo y ella lo recogió todo en el portal, siguiendo la misma técnica del día anterior.</p>
<p>La parte logística estaba solucionada. Esa noche ayudé a Isabel a instalar la aplicación en su móvil y enseñé a mi abuela cómo usarla.</p>
<p>Echan una o dos partidas cada noche, normalmente en silencio, aunque la oigo reírse a veces. Y después, antes de acostarse, mi abuela se pasea por el pasillo arriba y abajo, enviando y recibiendo audios con sus amigas y comentando la partida: «¡Hoy me has comido tres veces!», «Mañana gano yo, seguro». Su amistad ha sobrevivido a la distancia y al confinamiento; ¿sobrevivirá al parchís?</p>
<hr />
<p>Este relato participa en el <a href="https://www.zendalibros.com/concurso-de-historias-sobre-nuestros-mayores/">concurso de relatos #NuestrosMayores</a> de Zenda e Iberdrola.</p>
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